Elevada e indestructible en el centro, mientras las horas pasan, en ese lugar en el que un gallego no debe trasnochar por bulerías. Y ella, con su fuerza incansable. Tan guapa que ni las sirenas se atreven a seducirla. Años buscándola y nunca la encontré, tan sólo en el mar del abrazo flamenco choqué con ella sin tocarla. La besé sin rozarla. La amé sin conocerla.
Diez de abril, cambio de vida.
Y es que resulta que la mujer más hermosa del mundo ahora baila flamenco.