Hendía
el tenue aire con las crujientes alas. En torno a mí la tormenta
arremolinaba sus celestes rebaños, Júpiter lanzaba los
zigzagueantes rayos y Aurora se preparaba a abrir las cancelas para
dejar paso al carro de fuego. Violando a través del éter con las
mal adquiridas sandalias de las ninfas, me sentí como un pájaro o
un dios. Una flecha arrojada hacia el hermoso monstruo que, sin
saberlo, estaba esperando a Perseo. Ramalazos de viento acariciaban
mi cuerpo desnudo, tan alto, invulnerable a las tormentas, a los
rayos, al fuego. Volar como un pájaro o un dios. Sin embargo, las
sandalias aladas no tenían plumas, sino expansiones membranosa, se
dirían alas de saltamontes o de abejorros. Los saltamontes
rechinando al atardecer de mi infancia en la isla de Sérifos. Oh,
madre, por qué me dejaría llevar del vino aquella noche de juerga
en Sérifos, prometiéndole a Polidectes la cabeza de Medusa. Vino
áspero, como el de la uva agraz, solo el viento que sopla junto a la
morada de los dioses es capaz de disipar la resaca que aún clava sus
garras en mi cabeza. Ráfagas de viento acariciando mi cuerpo, como
manos de ninfas, de muchachas. Volar, volar siempre.
Madre,
Dánae, nada se le daba al rey Polidectes de la cabeza de Medusa. Una
excusa para mantener lejos a tu hijo, para clavar sus garras en tu
cuerpo. Lejos de tu música, de tus historias contadas junto al
fuego. Aprendiendo artimañas de otros, arrancando el único ojo de
las Fórcidas. «¡Pobres de nosotras!», decían las viejas. Mejor
volar, volar eternamente. Mas ahora, dicen, soy un héroe. Hijo de
Júpiter, que te violó como una lluvia de oro. Debo comportarme como
un héroe, como un matón.. Volar como si las sandalias de alas de
cucaracha fuesen las de Mercurio. Fanfarronear del sombrero negro bor
salino de Hades, imitando a los gánsteres de la ley seca. Madre,
tengo la garganta seca y no puedo beber agua del mar. He tenido que
cruzar la Estigia. Soy un héroe. Y ella, esperando a Perseo.
Voy
llegando a las regiones hiperbóreas, donde Medusa buscó el refugio
que no ha de encontrar en ningún lugar. Tal vez ella desee que yo
separe la cabeza de su cuerpo, dando fin a su deshonra. Madre, nunca
me has dicho cuando Júpiter bajó sobre ti como la lluvia, sentiste
placer o dolor. ¿Qué sentiría Medusa cuando la forzó Neptuno?
Pero estas no son preguntas que han de hacerse los héroes. Los
héroes no preguntan, no dudan, lo suyo es la acción. Para eso llevo
la hoz de diamante. Cortar la cabeza como quién corta el sagrado
muérdago en la rama del manzano. Cortaré la cabeza, la cubriré de
flores.
Es
duro bajar del aire a la despiadada tierra. Cuidarse de no mirar de
frente a los ojos de Medusa. Mirada que paraliza. Mirar solo a través
del espejo de bronce. Mirando en el espejo tu semblante reflejado.
Buscando tu rostro, tan bello. Pero no veo tu rostro reflejado en el
bronce. En el espejo no veo sino mi propio rostro. Yo soy tú.
Me
quito el sombrero negro, pero el rostro en el espejo sigue siendo el
mío. Solo entonces vuelvo la cabeza. Enredar mi mirada en la tuya.
Tú eres yo. Por qué tienes los ojos llenos de lágrimas. Por qué
no me he transformado en piedra. Solo estoy inflamado en deseo. Deseo
que tú me desees, mujer de cabellera única, rostro de mi rostro,
cuerpo de mi cuerpo. Yo sin saberlo estaba esperando a Medusa.
Llevaré tu rostro sobre el pecho, en el corazón. Me pincharé un
dedo con la hoz de diamante, pues es preciso mostrarles sangre, y
después lo lanzaré para que compita con la luna creciente. Me
quitaré las sandalias si no sirven para volar contigo. Al hacer el
amor, hierven las aguas bajo el Atlas. Yo soy tú.
Haremos
entre los dos una estatua de barro, la coceremos en un horno de pan.
Una cabeza de Medusa. Ellos no sabrán distinguir la cabeza verdadera
bajo la corona de flores. Les diremos que las algas se volvieron
corales al ser mojadas por tu sangre cuando te corté la cabeza. Mal
saben que la sangre, ¡miserable Neptuno!, es de la violación.
Mientras ellos adoran la cabeza de barro, nosotros gozaremos en el
lecho en Sérifos, las serpientes silbarán como los grillos. Tú
eres yo.
«…la
azul Liríope, a quien un día Cefiso tomó por prisionera en su
sinuosa corriente y, cautiva en sus aguas, la violó».
OVIDIO, Metamorfosis, libro
III, 342-343
«Era
Medusa bellísima, codiciada por innumerables jóvenes, y lo más
admirable de su cuerpo eran sus cabellos, así cuentan quienes la
vieron. La forzó el rey de los mares».
OVIDIO, Metamorfosis, libro
IV, 794-798
«El
dios envolvió la tierra en brumas, detuvo a la fugitiva Ío y le
arrebató la virginidad».
OVIDIO, Metamorfosis, libro
I, 599-600
«Calisto,
desde luego, se resistió, pero, ¿a qué hombre podía vencer una
muchacha y quién podía vencer a Júpiter?».
OVIDIO, Metamorfosis, libro
VI, 436-437
«Mientras
estaban haciendo que su corazón se sintiera bien, ¡mire!, los
hombres de la ciudad, hombres que simplemente no servían para nada,
cercaron la casa, empujándose unos a otros contra la puerta; y
siguieron diciendo al hombre de edad, dueño de la casa: “Saca
al hombre que entró en tu casa, para que tengamos ayuntamiento con
él”. Con
eso, el dueño de la casa salió a donde ellos y les dijo: “No,
hermanos míos, no hagan nada malo, por favor, puesto que este hombre
ha entrado en mi casa. No cometan esta locura deshonrosa. Aquí
están mi hija virgen y la concubina de él. Déjenme sacarlas, por
favor, y fuércenlas y háganles lo que sea bueno a los ojos de
ustedes. Pero a este hombre no le deben hacer esta cosa deshonrosa y
loca”. Y
los hombres no quisieron escucharle. Por lo tanto el hombre asió a
su concubina y la sacó afuera a donde ellos; y ellos empezaron a
tener coito con ella, y siguieron abusando de ella toda la noche
hasta la mañana, después de lo cual la enviaron al ascender el
alba. Entonces la mujer vino al despuntar la mañana, y cayó a
la entrada de la casa del hombre donde estaba su amo..., hasta la luz
del día. Más tarde su amo se levantó por la mañana y abrió
las puertas de la casa y salió para seguir su camino, y, ¡mire!,
¡la mujer, su concubina, caída a la entrada de la casa con las
manos sobre el umbral! De modo que él le dijo: “Levántate,
y vámonos”.
Pero no hubo quien contestara. Por lo cual el hombre la puso sobre el
asno y se levantó y se fue a su lugar. Entonces entró en su
casa y tomó el cuchillo de degüello y asió a su concubina y la
cortó según sus huesos en doce trozos, y la envió a todo
territorio de Israel.»
La
Biblia, Jueces 19: 22-29
«Sin
embargo, ella le dijo: “¡No,
hermano mío! No me humilles; pues no suele hacerse así en Israel.
No hagas esta locura deshonrosa. Y yo... ¿adónde haré ir mi
oprobio? Y tú... tú llegarás a ser como uno de los insensatos en
Israel. Y ahora habla, por favor, al rey; porque él no me retendrá
de ti”. Y
él no consintió en escuchar su voz, sino que usó fuerza superior a
la de ella y la humilló y se acostó con ella. »
La
Biblia, 2 Samuel 13: 12-14
«Y
al tiempo del atardecer aconteció que David procedió a levantarse
de su cama y a pasearse sobre la azotea de la casa del rey; y desde
la azotea alcanzó a ver a una mujer que estaba bañándose, y la
mujer era de muy buena apariencia. Entonces envió David y
preguntó acerca de la mujer, y alguien dijo: “¿No es esta
Bat-seba hija de Eliam la esposa de Urías el hitita?”. Después
de aquello David envió mensajeros para poder tomarla. De modo que
ella entró a donde él, y él se acostó con ella, mientras ella
estaba santificándose de su inmundicia. Más tarde ella regresó a
su casa.»
La
Biblia, 2 Samuel 11: 2.4
«Tereo
a Filomena hasta una solitaria cabaña, la encierra y, declarando su
crimen, en la soledad fuerza a la doncella. Ella, revolviéndose los
desgreñados cabellos como una plañidera, hiriéndose los brazos y
tendiendo las manos, dice: “¡Oh, bárbaro, oh, empedernido! ¿Por
qué no me quitas también la vida? Yo misma proclamaré mi
deshonra, llenaré las selvas, a las piedras pondré por testigo”.
Suscitada por tales palabras, la cólera del feroz tirano, saca la
espada y prendiendo a Filomena por los cabellos la encadena. Tereo
cogió con unas tenazas la lengua que se esforzaba por hablar y se la
cortó con la feroz espada. Incluso después de esta atrocidad (yo
apenas me atrevería a creerlo), se dice que repetidamente volvió a
usar para su deleite aquel cuerpo lacerado».
OVIDIO, Metamorfosis, libro
VI, 519-563
«La
vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o
disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quién
someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los
minutos, de todos los deseos e ilusiones es el estado más hermoso,
porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad,
egoísmo, frivolidad- por el amor».
Medina, revista
de la Sección Femenina, 13 de agosto de 1944
«…esas
cabezas rubias y pálidas las cortaría todas y haría con ellas un
altar, ante el cual me prosternaría; ¡son tan bellas! Pero, ¡como
esa no he visto ninguna!… ¿Quieres darme tu cabeza? ¡Yo la
llevaré conmigo, yo la cubriré de flores!».
Rosalía
de CASTRO, La
hija del mar
«Quíone,
dotada de egregia belleza, a los catorce años tenía cientos de
pretendientes. Venían Apolo y Mercurio, uno de Delfos, otro de
Cilene, y viéndola se calentaron. Apolo aplaza el carnal deseo hasta
la noche; Mercurio, con su vara, infunde sueño a la doncella, yace
en el suelo y sufre la violación del dios. Ya la noche había
sembrado de estrellas el cielo. Apolo, haciéndose pasar por una
vieja, goza del placer diferido».
OVIDIO, Metamorfosis, libro
XI, 301-310
«Esta
situación [que un amigo de su padre besase a Dora a la fuerza] era
seguramente apropiada para despertar la excitación de una muchacha
de catorce años. Sin duda, yo consideraría histérica a una persona
en la cual la oportunidad de excitación sexual despertase
sentimientos que fuesen preponderante o exclusivamente de disgusto».
Sigmund
FREUD, Fragmento
de análisis de un caso de histeria (Dora)
«En
el siglo XVII en Somerset, Inglaterra, para que fuera adelante una
acusación de violación, la mujer tenía que demostrar que no había
tenido antes relación sexual con ningún hombre y no podía quedarse
embarazada. En toda Europa, los hombres creían que el embarazo
significaba que la mujer había disfrutado».
ANDERSON
y ZINSSER, Historia
de las mujeres
La
pillé entre pinos sola,
de
miedo alba se tornó;
quiso
huir pero no pudo
(que
sabe qué bicho soy)
Me
lo rogó de rodillas,
de
rodillas me rogó;
tembló
como vara verde
que
estremece el ventarrón.
Cual
quien teme ser oída,
dijo:
-¡Te pido por Dios…!
-¡Estás
fresca!- le contesto-
¡vente
a mí con oración!
No
suelta nunca la zorra
la
gallina que pilló,
hasta
chuparle miel toda
el
abejón no suelta la flor,
ni
la blanca palomilla
larga
el montesino azor.
Eduardo
PONDAL,
Quejumbres
de los pinos
«Vencedoras
de Perseo, en una isla sin mapas, recogeremos los cuerpos, vendrán a
nuestra playa, todas, todas las que llevaron la estrella en la frente
y escucharon las bocinas del mar, las que buscaron su cuarto y
dejaron el sombrero sobre las aguas».
Marta
DACOSTA, Las
amantes de Hamlet