lunes, 5 de diciembre de 2011

Yo soy tú


    Hendía el tenue aire con las crujientes alas. En torno a mí la tormenta arremolinaba sus celestes rebaños, Júpiter lanzaba los zigzagueantes rayos y Aurora se preparaba a abrir las cancelas para dejar paso al carro de fuego. Violando a través del éter con las mal adquiridas sandalias de las ninfas, me sentí como un pájaro o un dios. Una flecha arrojada hacia el hermoso monstruo que, sin saberlo, estaba esperando a Perseo. Ramalazos de viento acariciaban mi cuerpo desnudo, tan alto, invulnerable a las tormentas, a los rayos, al fuego. Volar como un pájaro o un dios. Sin embargo, las sandalias aladas no tenían plumas, sino expansiones membranosa, se dirían alas de saltamontes o de abejorros. Los saltamontes rechinando al atardecer de mi infancia en la isla de Sérifos. Oh, madre, por qué me dejaría llevar del vino aquella noche de juerga en Sérifos, prometiéndole a Polidectes la cabeza de Medusa. Vino áspero, como el de la uva agraz, solo el viento que sopla junto a la morada de los dioses es capaz de disipar la resaca que aún clava sus garras en mi cabeza. Ráfagas de viento acariciando mi cuerpo, como manos de ninfas, de muchachas. Volar, volar siempre.
    Madre, Dánae, nada se le daba al rey Polidectes de la cabeza de Medusa. Una excusa para mantener lejos a tu hijo, para clavar sus garras en tu cuerpo. Lejos de tu música, de tus historias contadas junto al fuego. Aprendiendo artimañas de otros, arrancando el único ojo de las Fórcidas. «¡Pobres de nosotras!», decían las viejas. Mejor volar, volar eternamente. Mas ahora, dicen, soy un héroe. Hijo de Júpiter, que te violó como una lluvia de oro. Debo comportarme como un héroe, como un matón.. Volar como si las sandalias de alas de cucaracha fuesen las de Mercurio. Fanfarronear del sombrero negro bor salino de Hades, imitando a los gánsteres de la ley seca. Madre, tengo la garganta seca y no puedo beber agua del mar. He tenido que cruzar la Estigia. Soy un héroe. Y ella, esperando a Perseo.
    Voy llegando a las regiones hiperbóreas, donde Medusa buscó el refugio que no ha de encontrar en ningún lugar. Tal vez ella desee que yo separe la cabeza de su cuerpo, dando fin a su deshonra. Madre, nunca me has dicho cuando Júpiter bajó sobre ti como la lluvia, sentiste placer o dolor. ¿Qué sentiría Medusa cuando la forzó Neptuno? Pero estas no son preguntas que han de hacerse los héroes. Los héroes no preguntan, no dudan, lo suyo es la acción. Para eso llevo la hoz de diamante. Cortar la cabeza como quién corta el sagrado muérdago en la rama del manzano. Cortaré la cabeza, la cubriré de flores.
    Es duro bajar del aire a la despiadada tierra. Cuidarse de no mirar de frente a los ojos de Medusa. Mirada que paraliza. Mirar solo a través del espejo de bronce. Mirando en el espejo tu semblante reflejado. Buscando tu rostro, tan bello. Pero no veo tu rostro reflejado en el bronce. En el espejo no veo sino mi propio rostro. Yo soy tú.
    Me quito el sombrero negro, pero el rostro en el espejo sigue siendo el mío. Solo entonces vuelvo la cabeza. Enredar mi mirada en la tuya. Tú eres yo. Por qué tienes los ojos llenos de lágrimas. Por qué no me he transformado en piedra. Solo estoy inflamado en deseo. Deseo que tú me desees, mujer de cabellera única, rostro de mi rostro, cuerpo de mi cuerpo. Yo sin saberlo estaba esperando a Medusa. Llevaré tu rostro sobre el pecho, en el corazón. Me pincharé un dedo con la hoz de diamante, pues es preciso mostrarles sangre, y después lo lanzaré para que compita con la luna creciente. Me quitaré las sandalias si no sirven para volar contigo. Al hacer el amor, hierven las aguas bajo el Atlas. Yo soy tú.
    Haremos entre los dos una estatua de barro, la coceremos en un horno de pan. Una cabeza de Medusa. Ellos no sabrán distinguir la cabeza verdadera bajo la corona de flores. Les diremos que las algas se volvieron corales al ser mojadas por tu sangre cuando te corté la cabeza. Mal saben que la sangre, ¡miserable Neptuno!, es de la violación. Mientras ellos adoran la cabeza de barro, nosotros gozaremos en el lecho en Sérifos, las serpientes silbarán como los grillos. Tú eres yo.

    «la azul Liríope, a quien un día Cefiso tomó por prisionera en su sinuosa corriente y, cautiva en sus aguas, la violó».
                                                                  OVIDIO, Metamorfosis, libro III, 342-343

    «Era Medusa bellísima, codiciada por innumerables jóvenes, y lo más admirable de su cuerpo eran sus cabellos, así cuentan quienes la vieron. La forzó el rey de los mares».
                                                                  OVIDIO, Metamorfosis, libro IV, 794-798

    «El dios envolvió la tierra en brumas, detuvo a la fugitiva Ío y le arrebató la virginidad».
                                                                  OVIDIO, Metamorfosis, libro I, 599-600

    «Calisto, desde luego, se resistió, pero, ¿a qué hombre podía vencer una muchacha y quién podía vencer a Júpiter?».
                                                                  OVIDIO, Metamorfosis, libro VI, 436-437

«Mientras estaban haciendo que su corazón se sintiera bien, ¡mire!, los hombres de la ciudad, hombres que simplemente no servían para nada, cercaron la casa, empujándose unos a otros contra la puerta; y siguieron diciendo al hombre de edad, dueño de la casa: Saca al hombre que entró en tu casa, para que tengamos ayuntamiento con él. Con eso, el dueño de la casa salió a donde ellos y les dijo: No, hermanos míos, no hagan nada malo, por favor, puesto que este hombre ha entrado en mi casa. No cometan esta locura deshonrosa. Aquí están mi hija virgen y la concubina de él. Déjenme sacarlas, por favor, y fuércenlas y háganles lo que sea bueno a los ojos de ustedes. Pero a este hombre no le deben hacer esta cosa deshonrosa y loca. Y los hombres no quisieron escucharle. Por lo tanto el hombre asió a su concubina y la sacó afuera a donde ellos; y ellos empezaron a tener coito con ella, y siguieron abusando de ella toda la noche hasta la mañana, después de lo cual la enviaron al ascender el alba. Entonces la mujer vino al despuntar la mañana, y cayó a la entrada de la casa del hombre donde estaba su amo..., hasta la luz del día. Más tarde su amo se levantó por la mañana y abrió las puertas de la casa y salió para seguir su camino, y, ¡mire!, ¡la mujer, su concubina, caída a la entrada de la casa con las manos sobre el umbral! De modo que él le dijo: Levántate, y vámonos. Pero no hubo quien contestara. Por lo cual el hombre la puso sobre el asno y se levantó y se fue a su lugar. Entonces entró en su casa y tomó el cuchillo de degüello y asió a su concubina y la cortó según sus huesos en doce trozos, y la envió a todo territorio de Israel.»
                                                                  La Biblia, Jueces 19: 22-29

    «Sin embargo, ella le dijo: ¡No, hermano mío! No me humilles; pues no suele hacerse así en Israel. No hagas esta locura deshonrosa. Y yo... ¿adónde haré ir mi oprobio? Y tú... tú llegarás a ser como uno de los insensatos en Israel. Y ahora habla, por favor, al rey; porque él no me retendrá de ti. Y él no consintió en escuchar su voz, sino que usó fuerza superior a la de ella y la humilló y se acostó con ella. »
                                                                  La Biblia, 2 Samuel 13: 12-14

    «Y al tiempo del atardecer aconteció que David procedió a levantarse de su cama y a pasearse sobre la azotea de la casa del rey; y desde la azotea alcanzó a ver a una mujer que estaba bañándose, y la mujer era de muy buena apariencia. Entonces envió David y preguntó acerca de la mujer, y alguien dijo: “¿No es esta Bat-seba hija de Eliam la esposa de Urías el hitita?”. Después de aquello David envió mensajeros para poder tomarla. De modo que ella entró a donde él, y él se acostó con ella, mientras ella estaba santificándose de su inmundicia. Más tarde ella regresó a su casa.»
                                                                  La Biblia, 2 Samuel 11: 2.4

    «Tereo a Filomena hasta una solitaria cabaña, la encierra y, declarando su crimen, en la soledad fuerza a la doncella. Ella, revolviéndose los desgreñados cabellos como una plañidera, hiriéndose los brazos y tendiendo las manos, dice: “¡Oh, bárbaro, oh, empedernido! ¿Por qué no me quitas también la vida? Yo misma  proclamaré mi deshonra, llenaré las selvas, a las piedras pondré por testigo”. Suscitada por tales palabras, la cólera del feroz tirano, saca la espada y prendiendo a Filomena por los cabellos la encadena. Tereo cogió con unas tenazas la lengua que se esforzaba por hablar y se la cortó con la feroz espada. Incluso después de esta atrocidad (yo apenas me atrevería a creerlo), se dice que repetidamente volvió a usar para su deleite aquel cuerpo lacerado».
                                                                  OVIDIO, Metamorfosis, libro VI, 519-563

    «La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quién someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos e ilusiones es el estado más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad, egoísmo, frivolidad- por el amor».
                                 Medina, revista de la Sección Femenina, 13 de agosto de 1944
                                                                                                                     
    «…esas cabezas rubias y pálidas las cortaría todas y haría con ellas un altar, ante el cual me prosternaría; ¡son tan bellas! Pero, ¡como esa no he visto ninguna!… ¿Quieres darme tu cabeza? ¡Yo la llevaré conmigo, yo la cubriré de flores!».
                                                                  Rosalía de CASTRO, La hija del mar

    «Quíone, dotada de egregia belleza, a los catorce años tenía cientos de pretendientes. Venían Apolo y Mercurio, uno de Delfos, otro de Cilene, y viéndola se calentaron. Apolo aplaza el carnal deseo hasta la noche; Mercurio, con su vara, infunde sueño a la doncella, yace en el suelo y sufre la violación del dios. Ya la noche había sembrado de estrellas el cielo. Apolo, haciéndose pasar por una vieja, goza del placer diferido».
                                                                  OVIDIO, Metamorfosis, libro XI, 301-310

    «Esta situación [que un amigo de su padre besase a Dora a la fuerza] era seguramente apropiada para despertar la excitación de una muchacha de catorce años. Sin duda, yo consideraría histérica a una persona en la cual la oportunidad de excitación sexual despertase sentimientos que fuesen preponderante o exclusivamente de disgusto».
                       Sigmund FREUD, Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora)

    «En el siglo XVII en Somerset, Inglaterra, para que fuera adelante una acusación de violación, la mujer tenía que demostrar que no había tenido antes relación sexual con ningún hombre y no podía quedarse embarazada. En toda Europa, los hombres creían que el embarazo significaba que la mujer había disfrutado».
                                                        ANDERSON y ZINSSER, Historia de las mujeres

La pillé entre pinos sola,
de miedo alba se tornó;
quiso huir pero no pudo
(que sabe qué bicho soy)

Me lo rogó de rodillas,
de rodillas me rogó;
tembló como vara verde
que estremece el ventarrón.

Cual quien teme ser oída,
dijo: -¡Te pido por Dios…!
-¡Estás fresca!- le contesto-
¡vente a mí con oración!

No suelta nunca la zorra
la gallina que pilló,
hasta chuparle miel toda
el abejón no suelta la flor,
ni la blanca palomilla
larga el montesino azor.

    Eduardo PONDAL,
Quejumbres de los pinos

«Vencedoras de Perseo, en una isla sin mapas, recogeremos los cuerpos, vendrán a nuestra playa, todas, todas las que llevaron la estrella en la frente y escucharon las bocinas del mar, las que buscaron su cuarto y dejaron el sombrero sobre las aguas».
                                                                  Marta DACOSTA, Las amantes de Hamlet


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