Dueles.
Y lo peor es eso, que es presente. Tú y tu infinito engaño. Y
llegas, y sé que aunque estás aquí, ya te estás yendo. Que eres
efímero, efímero en mí. Pero mientras aprieto tu mano mi mundo va
bien, y no consigo saber por qué. ¿Por qué sigues siendo el único
al que puedo mirar a los ojos sin que me resulte incómodo? Hoy he
repasado tus cartas, sumida en mi incoherencia, y he visto mentira,
sólo mentira. Y me duele. Me duelen las letras, los pasos, las
bocanadas de aire, los silencios y el Sol. Hace un tiempo era feliz.
Pero no te engañes, no me haces falta; es simple: cuando no sé de
ti me falta el aire. Por eso cuando vuelves me inflo de ti. Y cierto,
me llenas. Pero no, eres inalcanzable, y lo sé. Eres lejanía. Pero
pongamos que vuelves un día, y suena tu móvil. Y es ella. Pongamos
que la apartas y me acercas a mí. Pongamos que por ese momento eres
mío. Y que puedo amarrar tu excitación y tu dulzura a la vez, y que
por fin escuchas los gritos que llevan siglos saliendo de mi
garganta. Y entonces sueño y sueñas. Y por un momento, subrealidad.
Y se detiene el tiempo en esa película que se proyecta entre tus
labios y los míos, cuando queda poco espacio. Y por un descuido nos
rozamos. Cambia la bobina. Un momento de silencio y quietud. Y vuelve
nuestra película. Y sigues ahí. Y pongamos que ahora no sólo nos
rozamos, sino que nos pegamos. Y me vuelves a raptar el labio
inferior entre los tuyos. Y por un momento pongamos que no piensas en
irte, que estás en mí. Y de pronto... se acaba la película, y
vuelves a ser efímero de nuevo. Pero ¿sabes?, en tu terquedad
encuentro mi forma de vida. En las veces en que te obcecas en volver
e irte de nuevo encuentro mi aire. Mi aire y mi muerte. Porque lo que
te da la vida también tiene el poder de quitártela. Y tú eres eso,
lo que me va dando dosis de vida y veneno. En pequeñas cantidades. Y
sí, te amo, lo confieso. Y la razón número 45 es el lugar en el
que me diste el último beso.
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