martes, 29 de noviembre de 2011

La última noche.


Era tarde. Hacía tiempo que Maite había dejado de mirar el reloj, sabía que era muy tarde, pero esa noche necesitaba evadirse de la realidad, aislarse de esa atmosfera superficial que la agobiaba. La presencia de Víctor en su vida lo hacía todo mucho más llevadero, en poco tiempo se habían convertido en inseparables, tenían los mismos gustos y, aunque pasaban más tiempo callados que hablando, lo entendían todo nada más que con miradas. Maite estaba apoyada en el pecho de Víctor, que la abrazaba. Sentía su corazón, iba rápido, había notado que le pasaba cada vez que se acercaba a él. No dijo nada, solo pensaba. Quizás era verdad eso que dicen de que te puedes enamorar cuando menos te lo esperas. Todo había sido tan rápido… en tan solo una semana habían nacido esos sentimientos, que cada día engordaban más. De pronto, Víctor susurró un ‘te quiero’. Un valiente ‘te quiero’ que Maite oyó perfectamente, muy cerca de su oído. Se incorporó y le contestó con otro ‘te quiero’. Fue un bonito primer beso, no como esos de las películas, pero fue especial. Era demasiado tarde ya y, aunque les pesara, tenían que despedirse. Después de un rato sumergidos entre ‘te quiero’ y besos, se despidieron.
Maite llegó a casa. Solo estaba despierto su padre, le dijo que sentía haber llegado tan tarde, le dio un beso y se fue a su cama y se durmió.
Víctor no tenía que dar explicaciones. Sus padres hacía tiempo que habían dejado de preocuparse por él. Se metió en su cama, al lado de la de su hermano pequeño. ‘Me gustan los besos en la nariz’ le había dicho una sonriente Maite cuando se conocieron. Cerró los ojos y se durmió.
La mañana siguiente no iba a ser igual que las demás mañanas de noviembre.

Un hombre llega tarde al trabajo y sale apurado de su casa, coge el coche. Una mujer mayor sale del portal de su casa para llevar flores a la tumba de su marido, como todos los días 5 de cada mes. Maite se pone los cascos y sale a la calle despistada.
Si ese hombre no llegara tarde al trabajo, si no se asustara cuando esa mujer mayor intentaba cruzar la calle, si Maite no estuviera despistada ni tuviera los cascos puestos, estaría viva. Pero la vida quiso que ese pobre hombre arroyara la vida de Maite.

La noticia llegó al instituto como un huracán. Ya nada iba a ser como antes. Ya no era lo mismo.

Al día siguiente Víctor solo escribió dos frases en su emborronado testamento escrito en una servilleta: ‘Mi tumba tiene que estar al lado de la de Maite Díaz Rodríguez’ y ‘Me gustan los besos en la nariz’. 

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