Era
tarde. Hacía tiempo que Maite había dejado de mirar el reloj, sabía
que era muy tarde, pero esa noche necesitaba evadirse de la realidad,
aislarse de esa atmosfera superficial que la agobiaba. La presencia
de Víctor en su vida lo hacía todo mucho más llevadero, en poco
tiempo se habían convertido en inseparables, tenían los mismos
gustos y, aunque pasaban más tiempo callados que hablando, lo
entendían todo nada más que con miradas. Maite estaba apoyada en el
pecho de Víctor, que la abrazaba. Sentía su corazón, iba rápido,
había notado que le pasaba cada vez que se acercaba a él. No dijo
nada, solo pensaba. Quizás era verdad eso que dicen de que te puedes
enamorar cuando menos te lo esperas. Todo había sido tan rápido…
en tan solo una semana habían nacido esos sentimientos, que cada día
engordaban más. De pronto, Víctor susurró un ‘te quiero’. Un
valiente ‘te quiero’ que Maite oyó perfectamente, muy cerca de
su oído. Se incorporó y le contestó con otro ‘te quiero’. Fue
un bonito primer beso, no como esos de las películas, pero fue
especial. Era demasiado tarde ya y, aunque les pesara, tenían que
despedirse. Después de un rato sumergidos entre ‘te quiero’ y
besos, se despidieron.
Maite
llegó a casa. Solo estaba despierto su padre, le dijo que sentía
haber llegado tan tarde, le dio un beso y se fue a su cama y se
durmió.
Víctor
no tenía que dar explicaciones. Sus padres hacía tiempo que habían
dejado de preocuparse por él. Se metió en su cama, al lado de la de
su hermano pequeño. ‘Me gustan los besos en la nariz’ le había
dicho una sonriente Maite cuando se conocieron. Cerró los ojos y se
durmió.
La
mañana siguiente no iba a ser igual que las demás mañanas de
noviembre.
Un
hombre llega tarde al trabajo y sale apurado de su casa, coge el
coche. Una mujer mayor sale del portal de su casa para llevar flores
a la tumba de su marido, como todos los días 5 de cada mes. Maite se
pone los cascos y sale a la calle despistada.
Si
ese hombre no llegara tarde al trabajo, si no se asustara cuando esa
mujer mayor intentaba cruzar la calle, si Maite no estuviera
despistada ni tuviera los cascos puestos, estaría viva. Pero la vida
quiso que ese pobre hombre arroyara la vida de Maite.
La
noticia llegó al instituto como un huracán. Ya nada iba a ser como
antes. Ya no era lo mismo.
Al
día siguiente Víctor solo escribió dos frases en su emborronado
testamento escrito en una servilleta: ‘Mi tumba tiene que estar al
lado de la de Maite Díaz Rodríguez’ y ‘Me gustan los besos en
la nariz’.
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